viernes, 29 de octubre de 2010

La mujer sin cabeza…. fragmentos de un relato.



Vero escucha el sonido de su celular, esta manejando por una ruta desierta. Desatiende el camino por un instante para responder a la llamada. Allí es cuando ocurrirá algo que cambiará el transcurso de sus monótonos días…paso a paso, entrecortadamente, salteando acciones, Lucrecia Martel, en este tercer largometraje suyo, arma un relato no exento de cierto suspenso ; un relato empapado de incógnitas que más que revelar un misterio profundizan en él sin llegar a resolverlo. El estilo marcado en” La ciénaga” (2000) o “La niña santa” (2004) parece ahora adquirir un tono de sobriedad que evita los golpes de efecto y cierta tendencia a relatos colaterales. La mujer sin cabeza muestra a una Lucrecia Martel que no deslumbra como en los anteriores filmes, pero logra su cometido de todos modos.


Creo que debo empezar por contar que Vero, la protagonista de La mujer sin cabeza(2007), es un típico exponente de una burguesía ciertamente acomodada que habita las provincias del NOA . Fuera de las personas que conforman su “mundo”, hay una realidad que en gran medida le es ajena. Lucrecia Martel, posiciona el relato desde lo que le sucede – o por lo menos creemos que le sucede – a su protagonista, sin que eso le quite posibilidades a los “changos” que aparecen desde las primeras secuencias de ir tejiendo una historia casi armada de retazos; casi como la trama que teje la urdimbre.

Vero es para el caso la trama primordial; una trama que la directora construye sin restar mérito a los personajes que se entrecruzan con ella. Desde una mirada volcada al campo de lo social, me atrevo a decir, que Vero es casi un prototipo o paradigma de una clase social del NOA alimentada a través de décadas de nepotismos provinciales donde todo comienza y termina en las manos de un pequeño grupo de familias poderosas. Son contrapartida de esa cara social: los “changos”; los humildes jardineros; las domésticas de la casa de la mujer. Personas de condición económica muy estrecha; de escasa educación y con ninguna aspiración aparente de progreso y que solo intentan capear las situaciones.

Desde la observancia de la trama, aunque la historia parezca diluirse ante los ojos del espectador por momentos, Lucrecia Martel, imprime al filme un cierto porcentaje de suspenso e intriga. Me he preguntado, casi desde el arranque, la primera vez que lo vi que iba a ocurrir con la protagonista…o en realidad que le estaba sucediendo a Vero. Porque, la directora salteña, elabora una historia que lleva al espectador a transitar una especie de vereda con baldosas flojas que dificultan el andar; que lo obligan a detenerse sobre alguna de ellas tal vez para medir el paso a dar , o para recordar algún suceso anterior que actúa mas adelante.

Vero escucha el sonido de su celular, esta manejando por una ruta desierta. Desatiende el camino por un instante para responder a la llamada. Ha atropellado algo o alguien: un animal entiende el espectador por lo que deja ver la cámara tras la marcha del auto, luego de una suerte de crisis emocional de la protagonista. “Me parece que atropellé a un perro” le dirá a su esposo en una primera instancia cuando este le pregunta acerca de los daños ocasionados en una de las luces del auto. En otro momento posterior cambiará el discurso: “Me parece que atropellé a alguien”, sembrando la sombra de la duda. Su esposo la llevará en auto al supuesto lugar del suceso…. “Atropellaste un perro…Vero”, le dirá...” Es solo un perro”.

Unos días después, Vero, se entera de que la alcantarilla próxima al lugar del suceso esta obstruida y los bomberos trabajan bajo la suposición de que algún cuerpo de animal grande o humano es la causa de tal cuestión. El suceso preocupa a su familia y su primo averigua mediante amistades de que en ese “fin de semana de la tormenta” no se ha reportado ninguna muerte ni accidente fatal.Un diario local resuelve en parte la cuestión. Un “chango” ha sido hallado muerto en la alcantarilla de la ruta. El espectador une (o intenta unir) el resto. Es Aldo, aquel joven que en el comienzo del filme se sube a un cartel cercano a la alcantarilla para bajar una bicicleta que se halla a gran altura sobre el borde superior del mismo. Es Aldo, el que ha colocado las macetas del vivero donde trabaja en un lugar casi imposible de bajar.

Dos frases cierran la historia, la de uno de los chicos que le grita: “Aldo, alcánzame la bici...” en la secuencia inaugural del filme y la que pronuncia quejosamente uno de los “changos” al dueño del vivero cuando lo manda a buscar las macetas que le compró Vero…” No me dan los brazos…Aldo las puso muy altas”.De todos modos “La mujer sin cabeza”, parece estar construida en todo momento por cabos sueltos que el espectador debe ligar. Cabos sueltos que también generan contradictorias pistas falsas.

Uno se llega a preguntar si Vero estuvo en realidad en el hospital haciéndose un estudio o si durmió en el hotel y tuvo relaciones carnales con su primo. Todo realmente ocurrió o solo fue elaborado dentro de la mente de Vero, una mujer donde sentimientos, acciones y pensamientos no parecen por momentos concordar. “Te quedó hermoso el pelo. Te realza tu color”, le dice su prima a Vero cuando esta va a subir al auto. Ella le responde: “Si, la macana es que se está yendo con el cloro”. Lo superficial sobrenada el discurso y lo torna hueco; vacío de emociones; casi como carente de una escala que establece las prioridades de una vida. Allí es donde el lente de Martel trasciende lo social para ahondar en la existencia humana.


Publicado en Pagina Digital. 2010.

Publicado en Achivos del sur. 2010.

Publicado en Con un ojo dorado. 2010.


Jorge Jofre. 2010.


domingo, 18 de julio de 2010

La mujer en la arena…o la significancia del fotograma.

Por Jorge Jofre.

“La mujer de la arena” (1964) de Iroshi Teshigahara es uno de los filmes que a principios de los años 60 demarca el territorio de nuevas temáticas en el cine japonés. Teshigahara descarta en él todo rasgo de historicismo o épica (a la manera de Mizoguchi o Kurosawa) así como también todo acercamiento al melodrama familiar, para centrar el fuego en un cine que bajo una apariencia de género sirve para establecer un meduloso cuestionamiento de situaciones del existir…terror psicológico y cierta condición erótica se une a la materialidad significante del fotograma.

Las primeras tomas, ponen en escena a Niki Jumpei: un entomólogo que la cámara muestra en sus derivas por las arenas de una costa marítima de un desolado paraje con la intención de hallar algún raro insecto y así figurar en un libro científico. Demolido por el cansancio que le proporciona el caminar bajo la blanda arena y el fuerte sol, se duerme dentro de un viejo bote encallado.
Al despertarse mira su reloj y se da cuenta que ha perdido el último ómnibus que lo devuelve a la civilización: Jumpei es entonces engañado por los lugareños. Le ofrecen una casa para pernoctar y de ese modo lo dejan atrapado en un foso rodeado de dunas y junto a una joven viuda, que noche a noche palea la arena que invade su vivienda.
Teshigahara plasma la historia de Niki Jumpei y la joven viuda de las dunas inspirándose en el relato de Kobo Abe, pero al mismo tiempo enhebra los fotogramas de su filme en un orden perfecto. Algunos de ellos conforman lentos planos- secuencia que pueden ser tenidos en cuenta entre los mas perfectos de la historia del cine… tras una noche de duro trabajo acarreando arena la mujer cae rendida sobre una estera. Amanece y Jumpei observa el armonioso cuerpo femenino que reposa desnudo y tamizado con partículas de arena. La cámara recorre las concavidades y convexidades de la anatomía…se aproxima y nos muestra una piel transpirada. Las tomas establecen una analogía entre la femenina topología y las dunas que rodean e invaden la casa: es la mujer de la arena.
La cámara también capta en las pupilas de Jumpei un silencioso e introspectivo interrogante… ¿Me quedo junto a la mujer para poder disfrutar de los placeres de su armonioso cuerpo? …segundos después la nueva toma nos acerca a un nuevo interrogante ¿Será mejor huir, tomar el micro y regresar a la civilización? …La situación ha cambiado… deja debajo de la pava con agua que la anfitriona ha colocado en un estante algún dinero a modo de resarcimiento; luego se aleja y ya decidido a partir, tras unos pasos, dirige su mirada por tercera vez hacia el cuerpo desnudo de la durmiente que ahora ha cambiado de postura…todo es silencio: todo es imagen atrapada en el celuloide.
El análisis de estas pocas secuencias alcanzan para establecer una clara idea sobre el filme que ahora se nos presenta como algo más que terror psicológico; como algo más de lo que meramente enuncia el género… como un planteo en imágenes secuenciadas sobre la existencia humana. Si en el cine oriental, ya tiempo antes con Ozu, el fotograma había adquirido una clara condición de significante, “La mujer en la arena”, fue por los sesenta una clara confirmación de tal idea estética; un claro paradigma establecido cuadro a cuadro por la lente de Teshigahara.

Jorge Jofre.Buenos Aires, abril 2009.
Publicado en
www.tumblr.com ( Usa ; 2009)




miércoles, 28 de abril de 2010

Cuando ronda el misterio: White Shoe Station de Sarah Preibsch.



Por Jorge Jofre.

En la Alianza Francesa de Argentina (con el auspicio del MAMBA) se proyectó el video arte White Shoe Station (2008; duración 15’; filmado 16 mm en video; proyectado 35mm.) dirigido por la sueca Sarah Preibsch. Realización inspirada en el misterio que rodea al denominado “hombre del piano”; un caso policial que intrigó a las autoridades inglesas y a los columnistas de The Guardian.
Creo que unos años antes del 2008, ni la propia Sarah Preibsch consideraba la posibilidad de filmar, cámara en mano, algo como White Shoe Station. Tal vez la circunstancia de poder contar con un guionista como Tilman Rammstedt fue lo que permitió conformar esa especie de mini filme cargado de misterio que es White Shoe Station; contar con un escritor joven que adhiere a nuevos conceptos de lo literario y a nuevas formas del género narrativo.
Pero sin duda que el puntal de tal video arte es la historia real; es la que dispara las imágenes; los textos y hasta la emblemática música de Avi Tchammi o el ruido de un tren que recorre las vías. Todo comienza un 7 de abril del 2005 en las playas del condado de Kent, al sur de Londres y justo en el lugar donde las islas se aproximan más al continente. Allí, ese día de abril, la policía encuentra deambulando por la costa a un joven ataviado de traje y corbata; empapado y con aire de desorientación.
Desde el primer momento el joven no pronuncia palabra alguna; no posee documentos y a su ropa le ha sido arrancadas las etiquetas. Solo cuando un asistente social le facilita un papel se abre en algún punto el enigma de la identidad del joven o en realidad se podría decir que por otro lado oscurece aún más la situación. Dibuja entonces una cruz (que podría tomarse por la bandera sueca) y un piano de cola con tanto detalle que incluye las 88 teclas del mismo. Se le facilita un piano, el cual comienza a tocar incansablemente, según algunas versiones: tanto ejecuta El Lago de los cisnes, como monótonas composiciones circulares que se supone son de su autoría.
Día a día se derrumban los supuestos sobre su identidad: un pianista callejero francés; un ex integrante de la banda checa Ropotamo; un estudiante irlandés…solo el 19 de agosto se devela el misterio cuando el joven comienza a hablar con una de las enfermeras del lugar donde se halla internado y dice ser alemán y llamarse Andreas Grasi.
Confiesa además que cuando fue hallado en las playas de Kent estaba intentando suicidarse.Andreas Grasi, que afirmó también haber tenido en su Baviera natal problemas debido a su condición de homosexual, escribió con anterioridad a los sucesos de Kent, artículos vinculados a la música e incluso se asegura que le envío cartas al cantante Robbie Williams y al multimillonario Bill Gates; tal vez estas cartas de ser reales acompañarían debidamente sus sueños adolescentes de fama y reconocimiento.
De todas formas, poco o nada hay en el relato cinematográfico de White Shoe Station, de la historia de Andreas Grasi: de ese hombre que según dijeron se quebró en un momento y “no quiso mas ser llamado ni llamar”. Si hay encuadres de personas donde la cámara ausenta el rostro; casi como negando la identidad. Dándole protagonismo a los zapatos y las medias blancas de una mujer que nadie sabe que va a hacer o si espera algo.
Imágenes fragmentadas: de humanos; de un auto americano de fines de la década del ´ 50; del cartel de un restaurant. Saltos casi defectuosos en la filmación que destruyen la posibilidad de un lubricado y armonioso plano secuencia. Tomas con fuertes contrastes de valor mezcladas con otras que se diluyen en los grises medios. Todo eso y mucho más es este video de Sarah Preibsch, una artista visual sueca, que radicada en Londres ha ganado con el mismo un premio del Film London Artists’ Moving Image Netword.
Pero creo que lo fundamental en todo esto es que en White Shoe Station ronda el misterio de lo no revelado; de lo no sabido. Ese es sin duda el gran aporte de Sarah Preibsch al mundo del video arte; de una creadora que dice tener entre sus preferencias a Tarantino; Linch y Nina Hagen.
Publicado en Pàgina Digital. 28-4-2010
Jorge Jofre 2010